Discurso del Presidente de LyDC en el campus de la facultad de CC Políticas de Somosaguas
Discurso del Presidente de LyDC en el campus de la facultad de CC Políticas de Somosaguas
MESA REDONDA ”DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN A LA CENSURA”
En primer lugar quiero agradecer al Decanato de la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense por acoger el presente acto. Asimismo, mis agradecimientos los hago extensivos a Foro Liberal, cuya Presidenta se encuentra entre nosotros, por coorganizar esta mesa redonda junto con Libertades y Derechos Civiles.
El artículo 11 de la Declaración de Derechos Humanos y del Ciudadano de la Revolución Francesa establece que: “La libre comunicación del pensamiento y de las opiniones es uno de los derechos más preciados de todo Hombre: todo Ciudadano puedo por lo tanto hablar, escribir, imprimir libremente, salvo la responsabilidad que esta libertad produzca en los casos determinados por la Ley”.
La Revolución francesa, bajo el influjo de la Declaración de independencia americana, supuso un punto de inflexión en el desarrollo de los derechos de la persona frente al poder de los gobiernos absolutistas. A partir de entonces la libertad de expresión se convirtió en un pilar de los sistemas democráticos. En todas las Constituciones democráticas así como en la Declaración de Derechos Universales de la ONU se recoge la libertad de expresión como un derecho fundamental: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.
Pero, ¿qué es la libertad de expresión? La libertad de expresión es la proyección de la libertad de conciencia del individuo en sociedad. Ambos permiten el libre desarrollo de la personalidad; son expresión de la autonomía y la creatividad del ser humano en cuanto animal social. Así pues, pensamiento y palabra tienen la capacidad de generar realidades diferentes; de crear mundos nuevos; de interactuar y cooperar entre individuos; de liberarse de las cadenas de los dogmas religiosos, científicos o filosóficos y de poner en evidencia el discurso de los tiranos. La capacidad discursiva es además lo que caracteriza al ser humano como animal histórico y cultural. Con la palabra, la tierra dejó de ser plana; con la palabra, los estadounidenses declararon su independencia e hicieron públicos los derechos inalienables de las personas; con la palabra, Kennedy reconfortó a los Berlineses frente al poder soviético; con la palabra, Martin Luther King relató su sueño de un mundo sin discriminación racista; con la palabra estamos hoy aquí para denunciar la involución democrática que está viviendo nuestro país.
La democracia por sí sola no es garantía de libertad, si no se respetan los principios generales sobre la que se basa. El juez de la Corte Suprema de Estados Unidos, Oliver Wendell Holmes, llegó a formular la siguiente defensa: “lo que protege la Constitución no es la libertad de pensamiento para quienes concuerdan con nosotros, sino la libertad para los pensamientos que odiamos”.
La libertad política de los individuos es por tanto una condición indispensable del buen funcionamiento de las instituciones democráticas. Montesquieu definió el ejercicio de la libertad política de un ciudadano como “aquel sentimiento de tranquilidad que se deriva de la confianza de la propia seguridad”.
Pues bien, esa confianza en la seguridad personal es la que hoy nos falta para poder ejercer la libertad de expresión de nuestras ideas y opiniones. Por ello, quiero denunciar la agresión que sufrió el estudiante Miguel Romera cuando colocaba carteles anunciando la celebración del presente acto en las paredes de esta universidad. Es sintomático que un lugar como la Universidad, que surgió originalmente como un centro de generación y divulgación de las ideas, se haya convertido en un lugar donde se cultiva el odio y el pensamiento único. Es un lugar donde se persiguen las ideas diferentes, donde se asaltan los lugares de culto, donde se asfixia la libertad. Los que hoy en día se atreven a salirse del discurso oficial, un discurso trasnochado que oprime en nombre del progreso, son perseguidos y amenazados como lo fueron en su día los jóvenes estudiantes del movimiento de la Rosa Blanca en la Alemania Nazi.
Esta pérdida de calidad democrática se puede observar en todos los ámbitos de la sociedad. La libertad política de los individuos ha quedado reducida a la mínima expresión. Una nueva clase político-empresarial se ha adueñado de las instituciones, imposibilitando el verdadero ejercicio de la libertad política. La maquinaria del poder del Estado es la que monopoliza la creación y divulgación de las ideas, de la cultura, de los paradigmas sociales y de las opiniones. Los medios de comunicación, las editoriales, los centros educativos, la industria del cine, todos los creadores de opinión y prescriptores están al servicio de la clase política que es quien les paga generosamente sus soldadas. Las pocas voces que se levantan contra el régimen partitocrático son acalladas, ora con amenazas físicas de sus matones, ora con coacciones más sutiles en sus trabajos. Al fin y al cabo todos comen del mismo pastel: el de nuestros impuestos.
Por ello me honra, moderar esta mesa en la que participan destacados miembros de la oposición cubana y venezolana. Ambos países padecen la intolerancia y la represión de las ideas contrarias al discurso oficial predominante. El modelo de censura es la esencia de ambos regímenes. La libertad de expresión no es allí una opción sino un delito. Ahora bien es importante recordar que todos los caminos de la censura llevan al mismo sitio: a la falta de democracia y la ausencia de libertad. Un claro ejemplo en nuestro país de la deriva hacia la censura es la Ley de economía sostenible que pretende convertir internet en un coto privado de caza de las editoriales y sociedades de derechos de autor. ¡Todo por el negocio! Todos los gobiernos tiránicos han optado por el mismo camino: el control de la red de redes porque es un medio descentralizador del poder y que permite el intercambio de ideas e información. Es un medio que nació originalmente al servicio de la capacidad discursiva del hombre y que corre el peligro de ponerse al servicio del discurso deformante del poder despótico. Hagamos pues de la revolución digital una revolución de nuestros sistemas democráticos en pos de una mayor libertad política y de un mundo más coherente con los principios que proclama.
Luis Canal
Psdte de LyDC
